Otra vez la violencia en sociedad, aunque esta vez con otro color, censura, reprime y expulsa aquello que no le es productivo y que además podría costarle la vida. La violencia azul mantiene todo en su lugar, marca el sendero con sus uniformados, a través del cual debemos caminar derechitos si no queremos terminar del otro lado del cordón, tildados de delincuentes que atentan contra la paz y el orden. Como no es suficiente, la violencia roja nos chupa la sangre con la que el sistema vuelve a bañarse todos los días, como la Condesa de Báthory, para mantener viva su juventud, o eventualmente sólo para arrebatárnosla de un balazo y acallar hasta la más pequeña revolución. La violencia amarilla viene a completar la terna de colores primarios que mantienen a esta sociedad a salvo, con carteles de alerta por todos lados que nos llaman la atención cuando nos estamos desviando del camino de la razón.

La ciudad promete mantenernos seguros y dispersar las incertidumbres de la noche. Las luces amarillas del alumbrado urbano marcan cuál es el camino, y hacen aparecer lo único que ante nuestros ojos parece existir. Más allá de ellas se encuentra el reino del miedo, la locura, de por sí incomprensible, de la cual nos conviene mantenernos alejados. Gritos, incoherencias, delirios, la mar encrespada… y nosotros vivimos en un submarino amarillo.

“Son locos, no hay que darles importancia, después de un ratito se calman. En todo caso si se sobresaltan los calmamos con agua fría.” “¿Sus testimonios? No valen nada. Son como chicos”. El descrédito es la acción reflejo, el rechazo la reacción defensiva. La normalidad, el nombre de la ley incomprensible, traumática, infundada, que arroja baldazos y encierra, en un lugar donde la verdadera ausencia de sanidad corresponde a la sanitaria.

¿Qué astro es el que nos ilumina a nosotros para considerarnos distintos? El sol sobre nuestras cabezas, probablemente, nos haga creer que no hay ningún problema. La corona dorada sobre nuestras cabezas, la luz de la razón, que el iluminismo dijo que cada uno de nosotros posee y nos define como humanos. Esa insignia dorada que cada uno se preocupa por presentar rápidamente al público para que lo admitan. A quienes parecen no poseerla los excluimos. A la luz del sol, se encuentran despojados. Y están despojados, sin duda: están solos, y no tienen nada. Pero ¿hay gente que les dé algo, o solamente gente que les quita cosas?

Una vez más, no nos identificamos con el síntoma. Una vez más, lo que va a parar al patio de atrás, al cuarto del fondo, lo consideramos residuo, sobra, porque no sirve, no aporta nada productivo. No lo entendemos así que lo negamos, lo cercamos con balizas amarillas con miedo de lo que pueda llegar a pasar allí; identificamos un problema. Y sin dudas hay un problema. El problema es que tenemos un espejo en frente y creemos que estamos viendo la vereda de en frente.